Desde que soy pequeña he visto la fascinación que tiene la gente para que llegue el verano, esa estación donde parece que la playa cobra vida, la ropa se hace más ligera, los niños abandonan sus libros para cojer sus juguetes, del estudio se pasa al juego. Niños en las calles corriendo y jugando, cuando parece que la alegria reina el lugar, helados que se derriten al sol y la carrera para comerlo de los niños. Una época en que el sol lo inunda todo y parece que la luz es lo principal.
Por el contrario, mi fascinación es por el otoño, justo ese momento en que los arboles todavía no pierden sus hojas y ves como el paisaje cambia de color. Momentos en que ves como el rojo y el amarillo toman el poder en las montañas y aparecen las castañas. Que manjar! Castañas asadas! Comer castañas asadas cuando caminas por la calle, mientras las pelas intentando no quemarte y poco a poco se van calentando las manos. Eso es felicidad! Cuando el dulzor de la castaña se expande por la boca y te hace entrar en calor, cuando las temperaturas empiezan a descender. Es el momento en que la gente está más cerca. Para mi este es el momento donde reina la paz y el amor.
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